El “relato” oficial funcionaría como un escudo para culpar al contexto nacional mientras se prioriza el impacto estético sobre la utilidad real de las obras. El análisis técnico ha sido desplazado por la necesidad de alimentar el ego político y generar contenido vistoso para las redes sociales. Este “prioritómetro roto” antepone la vistosidad a la solvencia, convirtiendo el acto de gobernar en un unipersonal de inauguraciones constantes. El activismo se presenta así como una licencia para ejercer una irresponsabilidad administrativa sistémica.
El legado final de esta política se vaticina como un escenario de deudas que deberán afrontar los ciudadanos y no sus actuales dirigentes. Cuando el frenesí constructor se detenga, la realidad de los balances convertirá la épica del “hacer” en una carga financiera insostenible para la comunidad. Se describe a la gestión como un “okupa del presupuesto” que agota los recursos estructurales para obtener resultados efímeros. Al final, la audacia mal entendida dejará una factura millonaria para quienes sobrevivan a este naufragio fiscal.










